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Isadora Duncan: la ninfa que sangraba

13 jul 2023
3 min de lectura

Sin tutú y sin zapatillas de ballet, solo con una túnica y sus pies descalzos. Así, Isadora Duncan logró enamorar a miles de personas con sus danzas del alma y sembró, sin darse cuenta, las bases de la danza moderna.




Tuvo lecciones de ballet de pequeña pero no las soportó porque consideraba que ese tipo de danza no era libre, y que también era una pesadilla. Sin seguir las reglas ni a sus maestros, ella bailó, bailó y bailó solo para desafiar su libertad. Al principio danzaba únicamente en su casa, luego en otras casas, también en estudios, parques, calles y más tarde en los teatros más importantes del mundo frente a miles de personas.

Una gran defensora del amor libre ‒tuvo varios amoríos con poetas y actrices del momento‒ y políticamente socialista, Isadora nunca pudo seguir las reglas. Antes de lograr el enorme éxito de su carrera ella intentó trabajar en compañías de teatro y baile estadounidenses pero el resultado siempre era el mismo: nunca estaba de acuerdo con la concepción de arte que tenían los demás y terminaba con sus renuncias. Su espíritu insaciable nunca la dejó conformarse con lo poco que otros le brindaban.

En su juventud, lejos de sus orígenes en Estados Unidos y establecida en Europa, los escenarios más increíbles fueron testigos de la danza de aquella mujer que hechizaba a todos con sus movimientos, belleza y alegría. Se decía que ver bailar a Isadora Duncan debía ser como las primeras veces que las personas bailaron en el planeta, algo totalmente único, mágico y ciertamente nuevo. La llamaban Ninfa. Su mayor inspiración fue la cultura y arte de la Antigua Grecia, aunque pienso que todo el arte del universo siempre estuvo muy en lo profundo de su ser.

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Desde pequeña se manifestó en contra del matrimonio, una idea que se vio reflejada al decidir no casarse con los padres de sus hijos. No obstante, años después de la muerte de ambos niños en un accidente que marcó un momento crucial de su vida, Isadora se casó con un poeta ruso. El matrimonio terminó rápidamente cuando los problemas de su marido con el alcohol y la depresión se vieron plasmados en su trabajo artístico. Sin fin aparente para la tragedia, la vida también la golpeó con la noticia del sucidio de aquel poeta. Fue en aquel entonces que a Isadora la envolvieron palabras macabras. Producto de las muertes de las personas que más había amado, circuló una habladuría que juraba que cualquier persona a la que Isadora entregaba su amor, era víctima de un maleficio que terminaba con su vida de forma letal. Con el tiempo todo pasó a la historia, desde el más profundo de sus dolores hasta la más tonta historia de maleficios.

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En sus últimos años, sin amor, incapaz de trabajar por el rechazo inexplicable de la mayoría de países que en su momento demostraron fascinación por ella y también con todo el peso de las tragedias, la vida de grandeza por primera vez tuvo forma de simple destello. Esa bailarina que antes llenaba salas con sus majestuosos movimientos apenas pudo vivir sus últimos años de vida con la pésima condición económica que la acechaba. Se la criticó por sus ideologías políticas -anteriormente celebradas-, por sus distintos romances incorrectos para la época, y hasta por su libertad de expresión en la danza. Todo lo bueno pasó a ser un simple recuerdo. El repudio resplandeció.

El mito que envuelve su muerte jura que sus últimas palabras antes de morir fueron “Adieu, mes amis. Je vais à la gloire!” (¡Adiós, amigos míos, me voy a la gloria!), y aunque solo es un mito, Isadora Duncan realmente está en la gloria. Inmortalizada a través de las puertas que abrió para nuevas generaciones en la danza moderna, en las escuelas de danza que son su legado más grande y hasta en películas y libros, la vida de la bailarina más fuerte de todas no fue más que la vida de un personaje legendario.


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